
– Su situación financiera es sumamente estable -respondió Carroll-. Posee grandes y múltiples intereses económicos a lo largo y a lo ancho del mundo. Todo lo ha conseguido gracias a su propio esfuerzo. Es realmente un hombre que se ha hecho a sí mismo.
– Me figuraba que podía pagar sus cuentas. Pero me gustaría saber qué clase de persona es.
– Un verdadero triunfador, un verdadero triunfador. Un auténtico genio para los negocios y las finanzas. No creo que posea una sólida educación formal. Tengo entendido que empezó como revestidor de cementos o algo parecido. Después compró un camión, más tarde una excavadora y a los veinticinco años ya estaba lanzado.
Me di cuenta de que Carroll no estaba dispuesto a hablar de Dixon, de que sólo se explayaría sobre sus bienes.
– ¿Cómo amasó su fortuna? ¿A qué tipo de negocios se dedicó?
Si no puedes superarlos, únete a ellos.
– Primero al ramo de la construcción, más adelante a los transportes por carretera y actualmente posee tantos conglomerados que no es posible precisar su especialidad.
– Son ramos difíciles -comenté-. Los ingenuos no prosperan en estos sectores.
Carroll se mostró algo contrariado.
– Claro que no -añadió-. El señor Dixon es un hombre muy fuerte y con muchos recursos -Carroll bebió un sorbo de cerveza. Usó el vaso. Sus uñas estaba perfectamente cortadas por la manicura. Sus movimientos eran lánguidos y elegantes. «De buena cuna», pensé. Eso te dan las universidades selectas. Probablemente también había estudiado en Choate-. La espantosa tragedia de su familia… -Carroll no encontró las palabras y se limitó a menear la cabeza-. Dijeron que él tampoco debería estar vivo. Sufrió gravísimas heridas. Tendría que haber muerto. Los médicos dijeron que su recuperación fue milagrosa.
– Me parece que tenía algo que hacer -opiné-. Creo que no podía morir porque tenía que desquitarse.
– Y por eso lo ha contratado.
– Sí.
