– Mi despacho está en un segundo piso, encima de un estanco -comenté.

– ¿Le gusta este lugar? -quiso saber Carroll.

– Está más cerca del nivel del mar -respondí-. La atmósfera está algo enrarecida para mi gusto.

De las paredes del despacho colgaban óleos de caballos.

– ¿Le apetece un trago? -preguntó Carroll.

– Una cerveza no me vendría mal -contesté.

– ¿Le parece bien una Coors? Cada vez que voy al oeste, traigo varias cajas.

– Sí, de acuerdo. Supongo que la Coors está bien como cerveza nacional.

– Si lo prefiere, puedo ofrecerle Heineken. ¿Rubia o negra?

– Estaba bromeando, señor Carroll, la Coors me parece maravillosa. Si está fría, generalmente no sé distinguir una cerveza de otra.

Carroll apretó el botón del intercomunicador y dijo:

– Jan, por favor, nos gustaría beber dos Coors -se recostó en su alta silla giratoria de cuero, cruzó las manos a la altura del estómago y preguntó-: ¿En qué puedo ayudarle?

La rubia se presentó con dos latas de cerveza y dos vasos helados en una pequeña bandeja. Probablemente gracias a mi sonrisa a lo Jack Nicholson, me sirvió primero a mí, luego a su jefe y se retiró.

– Hugh Dixon me ha contratado para que vaya a Londres y me dedique a buscar a las personas que mataron a su esposa e hijas. Para empezar necesitaré cinco mil dólares, y me dijo que usted me proporcionaría lo que me haga falta.

– Por supuesto -sacó el talonario de cheques del cajón central de su escritorio y rellenó uno-. ¿Es suficiente?

– De momento, sí. En el caso de que necesitara más, ¿me lo enviaría?

– Todo lo que haga falta.

Bebí Coors directamente de la lata. Parecía agua de manantial de las Rocosas. ¡Deliciosa!

– Hábleme de Hugh Dixon -pedí.



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