
Rugió el trueno.
En un segundo se encontró en la puerta. Debía ver el relámpago. Llegó a vislumbrar la última sombra de la luz, pero sabía que vendría otro. No debía de haber transcurrido mucho tiempo desde el mediodía, ¿o había dormido todo el día? Pero con esos nubarrones grises y panzudos no podía saberlo. Bien podría ser casi la hora del crepúsculo. El aire parecía estremecerse por los relámpagos contenidos, a punto de descargar. Conocía esa sensación, sabía que el rayo caería cerca.
Miró hacia el establo del herrero para ver si seguía lleno de caballos. Así era. Las herraduras no estaban terminadas, el camino se volvería fangoso y el granjero y sus dos hijos que venían de West Fork tendrían que quedarse allí. No tenían la menor posibilidad de regresar con esa tormenta. Los rayos amenazaban con incendiar el bosque o arrojarles un árbol encima, o incluso abatirse sobre ellos mismos y dejarlos muertos en círculo, como aquellos cinco cuáqueros de quienes tanto se hablaba aún, y eso que había sucedido en el noventa, cuando llegaron los primeros blancos que se afincaron en el lugar. La gente seguía hablando del Círculo de los Cinco y todo eso, y algunos se preguntaban si Dios no los habría castigado desde arriba para cerrarles la boca a esos cuáqueros como nadie más podría haber hecho, y otros se preguntaban si Dios no se los habría llevado al cielo como al primer Lord Protector Oliver Cromwell, que murió fulminado por un rayo en el noventa y siete y desapareció.
No, ese granjero y sus muchachotes tendrían que quedarse otra noche. La pequeña Peggy era hija de un hostelero, ¿no? Los niños pieles rojas aprenden a cazar, los negritos aprenden a llevar la carga, los hijos de granjeros aprenden a leer el tiempo y la hija de un hostelero sabe cuándo se quedará alguien a pasar la noche, aun antes de que él mismo lo sepa.
