De modo que no dijo nada, ni siquiera para sus adentros. Se echó sobre una mesa húmeda y cubierta de verdín. Sostenía a Bugy en una mano con tal fuerza que bien podría haberla estrangulado.

Clin, clin, clin.

La pequeña Peggy despertó y se enfureció un instante.

Clin, clin, clin.

Se enfureció porque nadie le dijo: Peggy, niñita, ¿no te importaría que pidiéramos a este joven herrero que se instalara aquí verdad?

No, Papá, habría dicho si se lo hubieran preguntado. Sabía lo que significaba tener un herrero. Significaba que la aldea prosperaría y que vendrían viajeros de otros lugares, y si había viajeros habría comercio, y entonces la inmensa casona de su padre sería una hostería en el bosque, y donde hay una hostería en un bosque todos los caminos tuercen para pasar por el lugar, si no está muy lejos. La pequeña Peggy lo sabía todo, como los hijos de los granjeros conocen los ritmos de la granja. Una posada cerca de un herrero sería una casa próspera. Por ello habría dicho: claro que sí, que se quede. Dadle tierras, hacedle una chimenea de ladrillos, no le cobréis la comida, ofrecedle mi cama, aunque yo tenga que vérmelas con el primo Peter, que no deja de espiar por debajo de mi camisón. Lo soportaré todo, mientras no se quede cerca de la casa del manantial. Pues si no, cada vez que quiera estar sola con el agua, tendré que escuchar ese clang, fshh, clin todo el tiempo, y ver el fuego que se eleva hasta ennegrecer el cielo y oler el carbón ardiente. Eso bastaba para que cualquier hijo de vecino quisiera remontar el arroyo hasta las montañas con tal de conseguir un poco de paz.

Desde luego, el arroyo era un buen sitio para alojar al herrero. Menos en el agua, podía instalar su herrería donde le viniera en gana. El hierro le llegaba en los embarques que provenían de Nueva Holanda, y el carbón… bueno, había infinidad de granjeros dispuestos a trocar carbón por una buena herradura. Pero lo que el herrero necesitaba y nadie podía darle era agua, conque desde luego lo pusieron al pie de la colina de la casa del manantial, donde su clin, clin, clin la despertaba y reavivaba su fuego, en el único lugar donde antes podía contenerlo y dejar que se convirtiese casi en frías y húmedas cenizas.



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