
Y lo que vio entonces fue lo mismo en todos los corazones. Una carreta en medio del Hatrack, el agua que subía, y todo lo que tenían en el mundo, en esa carreta.
La pequeña Peggy no era muy habladora, pero todos sabían que era una tea, conque siempre que anunciaba problemas, la escuchaban con respeto. Especialmente cuando se trataba de esa clase de problemas. Los asentamientos de la región ya tenían unos cuantos años, seguro. Más años que la misma Peggy, pero nadie había olvidado que una carreta atrapada en la crecida era una tragedia para todos.
Salió disparada por la colina tapizada de hierba, saltando madrigueras y esquivando los puntos escarpados. No habían pasado veinte segundos desde que viera esas chispas lejanas cuando ya estaba gritando delante de la tienda del herrero. Al principio el granjero de West Fork intentó detenerla hasta que dejara de contar sus historias de tormentas. Pero Pacífico conocía a la pequeña Peggy. La escuchó y ordenó a los jóvenes que ensillaran los caballos, con herraduras o sin ellas. Que había gente atrapada en el vado del Hatrack y que no había tiempo que perder con estupideces. La pequeña Peggy no tuvo ocasión de verlos partir. Pacífico la envió de inmediato a la casa grande a buscar a su padre y cuantos viajeros y peones hubiera. Hasta el último de ellos había puesto en una ocasión todo lo que tenía en este mundo sobre una carreta y la había arrastrado por caminos de montaña hasta estos espesos bosques del oeste. No había uno que no supiera lo que se siente cuando el río quiere apoderarse de una carreta y llevársela. Todos salieron como una exhalación. Así eran las cosas entonces. La gente advertía la desgracia ajena tan deprisa como si se tratara de la propia.
Capítulo 4
EL RÍO HATRACK
