Vigor iba a la cabeza de los varones, tratando de empujar la carreta, mientras que Eleanor contenía los caballos. Alvin Miller llevaba a las niñas de una en una hasta la orilla opuesta, donde estuvieran seguras.

La corriente era un demonio que se ensañaba con él y le susurraba: me quedaré con tus hijas, con todas ellas, pero Alvin decía que no con cada músculo de su cuerpo. Mientras resistía el embate, rumbo a la orilla, fue diciendo que no, una y otra vez, hasta que todas sus hijas quedaron empapadas sobre tierra firme, mientras la lluvia les bañaba el rostro como si arrastrase consigo todas las lágrimas del mundo.

También habría llevado a Fe, con el niño en el vientre y todo, pero ella no pensaba ceder. Estaba sentada dentro de la carreta, aferrada a los muebles y petates mientras el carromato se mecía y bamboleaba. Los rayos crujían y las ramas caían. Una de ellas desgarró la lona y el agua empezó a entrar en la carreta, pero Fe siguió firme, con los nudillos blancos y los ojos desorbitados. Alvin leyó en sus ojos que nada podía hacer para persuadirla de que saliera.

Había una única forma de hacer que Fe y el niño por nacer estuvieran fuera de ese río, y eso significaba sacar la carreta.

—Los caballos no están siendo de ningún provecho, Papá —gritó Vigor—. Se tambalean, y en cualquier momento acabarán con una pata quebrada.

—Bueno, pero no podemos tirar de la carreta sin los caballos…

—Los caballos son importantes, Papá. Si los dejamos aquí perderemos la carreta y además nos quedaremos sin ellos.

—Tu madre no saldrá de la carreta.

Vio que Vigor empezaba a comprender. Lo que había en el vehículo no merecía que nadie se arriesgara a morir para salvarlo. Pero Mamá sí valía la pena.

—Aun así —dijo Vigor—, desde la orilla podrían tirar con más fuerza. Aquí en el agua no sirven de nada.

—Que los chicos los desenganchen. Pero primero que tiendan una cuerda hasta el árbol para que sostenga la carreta.



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