Los excrementos eran húmedos, viscosos y le dejaban los dedos pegajosos, pero a la pequeña Peggy le daba igual. Apartaba la paja, envolvía el huevo con la mano y lo retiraba del cajón de la ponedora. Y todo eso subida en una tabla bamboleante, de puntillas y con el brazo extendido por encima de la cabeza. Mama dijo una vez que era muy pequeña para recoger los huevos, pero Peggy le hizo una demostración. Todos los días revolvía los cajones de paja y retiraba todos los huevos, sin dejar ni uno, vaya que sí.

Sin dejar ni uno, repetía para sus adentros, una y otra vez. No debo dejar ni uno.

Y entonces la pequeña Peggy miraba hacia el rincón más oscuro del gallinero. Y allí estaba Mary la Mala en su cajón de ponedora, la peor pesadilla del demonio, con el odio brotando de sus ojos repugnantes, como si dijera: ven aquí, niñita, que te voy a picotear. Quiero picotearte los dedos y los pulgares, y si te acercas bien e intentas llevarte mi huevo, hasta te picotearé un ojo.

La mayoría de los animales carecían de fuego interior, pero Mary la Mala era fuerte y arrojaba un humo ponzoñoso. Nadie más que la pequeña Peggy podía verlo. Mary la Mala deseaba la muerte de todos los hombres, pero en especial la de cierta niña de cinco años, y la pequeña Peggy llevaba en los dedos las marcas que lo atestiguaban. Bueno, al menos una marca, y aunque Papá dijera que no veía ninguna, la pequeña Peggy recordaba cómo se la había hecho y nadie podía culparla de nada si a veces olvidaba buscar por debajo de Mary la Mala, que se sentaba allí como un indio salvaje a la espera del primer viajero que osara acercarse.

Nadie podía enfadarse si a veces se le olvidaba buscar allí.

Me olvidé. Miré en todos los cajones, en toditos, y si me dejé alguno, pues fue porque me olvidé, me olvidé y me olvidé.

Al fin y al cabo, todos sabían que Mary la Mala era una gallina vulgar y mezquina, incapaz de poner un solo huevo que no estuviese podrido.



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