
—Varón —anunció Mamá. —¿Es séptimo hijo? —preguntó la madre en un suspiro.
Mamá estaba atando el cordón. No podía mirar a la pequeña Peggy. —Mira—susurró. La niña buscó el fuego en el río distante.
—Sí—dijo, pues la llama seguía flameando.
Pero mientras miraba, vaciló y desapareció.
—Ahora se ha ido —manifestó la pequeña» Peggy.
La mujer lloró amargamente sobre el lecho. Su cuerpo se agitaba en convulsiones, transido por eldolor del parto.
—No se debe llorar cuando nace un hijo —sentenció Mamá.
—Calla —murmuró Eleanor a su madre—., Alégrate, o habrá siempre una sombra en la vida del niño.
—Vigor… —decía la mujer.
—Es mejor el silencio que las lágrimas —aseguró Mamá. Alzó al niño, que lloraba, y Eleanor, lo tomó con manos experimentadas. Se veía que ya había acunado antes a muchos otros. Mamá fue hasta la mesa que había en un rincón y tomó una, mantilla de lana ennegrecida, del color de la noche. a arrastró lentamente sobre el rostro de la mujer, empapado por el llanto, mientras decía:
—Duerme, madre, duerme…
Cuando retiró la mantilla, ya no había más llantos y la mujer dormía, exhaustas sus fuerzas.
—Sacad al niño de la habitación —ordenó Mamá.
—¿No debería dar la primera mamada? —preguntó Eleanor.
—Jamás dará el pecho a esta criatura —dijo Mamá—, a menos que querráis que se alimente de odio.
—Pero no puede odiarlo —adujo Eleanor—. La culpa no fue de él…
—Pero me figuro que la leche no lo sabe —repuso Mamá—. ¿Qué dices, Peggy? ¿De qué teta debe mamar el niño?
—De la de su madre —dijo la pequeña Peggy.
Mamá la miró con ojos penetrantes.
—¿Estás segura?
