
—¿Por qué lo odias tanto? —gritó la pequeña Peggy.
—¿Qué? —exigió Eleanor. —Silencio —impuso Mamá—. Dejadla que lo vea.
Dentro del niño, que aún no había nacido, el oscuro cúmulo de agua que rodeaba su fuego interior parecía tan terriblemente poderoso que la pequeña Peggy temió que el niño fuera devorado.
—¡Déjalo respirar! —aulló la pequeña Peggy.
Mamá tendió sus manos y, aunque causó un dolor atroz a la madre, aferró al niño por el cuello con sus fuertes dedos y tiró hacia afuera.
En ese momento, mientras el agua oscura se retiraba dentro de la mente del niño y justo antes de que respirara por vez primera, la pequeña Peggy vio que desaparecían diez millones de muertes por agua. Ahora, por fin, se abrían algunos caminos, que conducían a un futuro rutilante. Y todos los senderos que no terminaban en una muerte temprana tenían algo en común. En todos esos caminos, Peggy se vio a sí misma haciendo algo preciso. Y eso fue lo que hizo entonces. Retiró sus manos del vientre ya destensado y pasó por debajo del brazo de su madre. Acababa de asomar la cabeza del niño, y aún estaba cubierta por una membrana sanguinolenta, por un resto del saco de suave piel en el cual había flotado, dentro de la matriz de su madre. Tenía la boca abierta y la membrana se introducía en ella, pero no se rompía y le impedía respirar.
La pequeña Peggy hizo lo que se había visto hacer en el futuro del niño. Extendió la mano, tomó la membrana desde el mentón del pequeño y la apartó del rostro. Salió entera, en una tira húmeda, y en el mismo momento en que salió, la boca del niño quedó libre, tomó una gran bocanada de aire y lanzó al mundo ese maullido que para las madres es la música de la vida.
La pequeña Peggy dobló la membrana. Su mente seguía abrumada por las visiones que había percibido en los senderos de la existencia de ese pequeño. No sabía aún qué significaban esas imágenes, pero en su mente formaban cuadros tan nítidos que supo que jamás podría olvidarlos. Le inspiraban temor: ¡cuánto dependería de ella y de cómo utilizara esa membrana que seguía palpitando en sus manos…!
