– No más que de costumbre.

Entonces Marina, que había permanecido callada y formal, comentó con toda naturalidad:

– Quieren saber cosas sobre el crimen del convento.

A raíz de aquel gong de sinceridad, una cascada de preguntas malamente inhibidas hasta el momento se abatió sobre mí.

– ¿Han matado a una monja? -pregunta de Hugo.

– ¿Ha sido un psicópata, Petra? -pregunta de Teo.

– ¿Tenéis muchas pistas? -nueva pregunta de Hugo.

– ¿Habéis hecho un retrato robot del asesino? -nueva pregunta de Teo.

– ¡De los psicópatas no se hace un retrato robot, tonto, se hace un retrato psicológico! -exclamó Marina cargada de razón.

Salté literalmente de la silla.

– ¿Pero qué diantre estáis diciendo, os habéis vuelto locos?

– Marina nos dijo que te llamaron ayer y papá nos ha dicho que encontraron a alguien muerto. Le preguntamos a quién y contestó que no lo sabía; o sea, que seguro que lo sabe y no ha querido soltar nada.

– Vayamos por partes. En primer lugar tenéis que confiar en lo que se os dice, porque si no es así, entonces no merece la pena que volváis a preguntar nada.

Cabecearon, entre la aceptación y el escepticismo. Continué, aparentando un auto control que distaba mucho de poseer.

– Es verdad que ha aparecido una persona asesinada en el convento de las corazonianas, un fraile. Pero no sé nada más. Y tampoco lo sabré más adelante, el caso lo llevarán los Mossos d'Esquadra.

– Ya nos enteraremos por la tele -comentó Teo con desprecio.

– No creo que debierais perder el tiempo preocupándoos de esas cosas, pero en fin, vosotros veréis.

– Seguro que tú te enterarás de más cosas que la tele. ¿Podremos hacerte preguntas concretas?

– No, no podréis y si lo hacéis yo no os contestaré, porque de verdad lo más probable es que no sepa nada.

– ¡Pues vaya! -exclamó Hugo, decepcionado.

– Yo no te preguntaré -terció Marina, y le agradecí la declaración de intenciones con una sonrisa. Pero lo estropeó enseguida.



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