
Dormí toda la noche de un tirón. Cuando me desperté eran las nueve del sábado y Marcos ya no estaba en la cama. Los niños debían de haber llegado. Bajé envuelta en una bata y los encontré en la cocina. Sus tres hijos desayunaban en torno a la mesa. Me besó, me besaron todos. Marcos enseguida se levantó.
– Petra, prepárate tú el café. Voy a subir un par de horas a mi estudio, ando un poco mal de tiempo en este proyecto.
Sonreí y cargué la cafetera. Los niños estaban muy silenciosos. Aún sentía cierta prevención cuando me quedaba sola con ellos. Temía sus preguntas más que a un cielo nublado; en especial las de Hugo y Teo, que no solían morderse la lengua. Crucé los dedos para que Marina no les hubiera contado nada de la llamada desde el convento. Me serví el café, me senté a su lado. A aquellas alturas de nuestra parcial convivencia seguía sin encontrar el tono correcto para hablarles. Siempre temía ser demasiado infantil o, yendo hacia el otro extremo, demasiado adulta. Lo intenté esta vez decantándome por una alegría un tanto impostada.
– ¿Qué tal, muchachos, cómo ha ido la semana?
Se miraron entre ellos como si aquella pregunta denotara una grave carencia de sustancia. Teo se avino a responder.
– En el colegio. -Y lo dijo en un tono que parecía evidenciar todas las miserias y el aburrimiento que la actividad escolar comportaba.
– Pues estupendo, ¿no? -rematé mi más que fallida intervención.
– ¿Y tú? -inquirió entonces Hugo con un claro deje de interés latente. Ya no me cupo la menor duda de que Marina les había contado algo sobre la llamada del convento.
– En la comisaría -respondí muy en su estilo.
– ¿Y todo bien en la comisaría? -lo intentó Teo.
– Bien, normal, la rutina diaria.
– Y eso que estás metida en muchos problemas, ¿verdad? -llevó la cosa al límite Hugo. Pero yo estaba dispuesta a resistir.
