¿Cómo?, exclamé mentalmente. Aquello iba más allá de mis atribuciones como madrastra. Pero no quería ser brusca con la niña.

– ¿Tú le has hablado de mí?

– Sí, algunas veces. Le he dicho que eres policía y todo eso.

– Pero ella ya sabe que los responsables de tu educación son tus padres, ¿verdad?

– Supongo.

– ¿Tienes alguna idea de lo que quiere?

– No, pero me ha dicho que es muy urgente, que la llames enseguida. El número que me ha dado está encima de la mesa.

– Pero ¿qué quieres decir, que acaba de llamar?

– Sí, mientras estabas en la ducha.

– ¿Por qué no me lo has dicho antes?

– Como me hacías preguntas…

La condenada niña llevaba razón, pero me fastidiaba reconocerlo. Más alarmada que intrigada (me preguntaba qué demonio podía querer una monja de mí), marqué el número de teléfono y esperé. Marina, muy prudentemente, me sopló el nombre que había olvidado preguntarle:

– Se llama Guillermina, la madre Guillermina.

No sé si aquella criatura era perfecta, pero desde luego siempre se mostraba menos distraída que yo. Una voz me respondió con un sonsonete peculiar:

– Aquí el convento de las hermanas corazonianas. ¿En qué puedo servirle?

– Quiero hablar con la madre Guillermina. Soy Petra Delicado, ella me llamó hace un rato.

– Sí, espere un momento, por favor.

Marina estaba sentada, mirándome fijamente. Era obvio que sentía curiosidad, pero su ademán impasible la neutralizaba bastante en su expresión.

– ¿Inspectora Delicado? -preguntó alguien con gravedad al otro lado del hilo.

– Sí, soy yo.

– ¡Gracias a Dios que ha llamado!

– ¿Sucede algo, madre Guillermina?

– Sí, inspectora, una auténtica tragedia. Le ruego que venga lo antes posible, por favor.

– Pero…

– No quiero decirle nada por teléfono, inspectora, compréndalo. Es mejor que venga enseguida.

– De acuerdo, pero dígame, ¿se trata de un asunto policial?



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