
– Me temo que sí, por desgracia me temo que sí.
– Voy para allá, deme su dirección.
Naturalmente, en cuanto dejé de escribir, Marina me preguntó qué sucedía. Era estoica, pero no tanto. Le sonreí:
– No lo sé. ¿Tú les has dicho a las monjas que tu padre se había casado con una inspectora de policía?
– Sí, se quedaron alucinadas.
– Me lo imagino. Pero ése no es el colegio al que vas, ¿no, Marina?
– No, a éste voy un día a la semana porque mi madre quiere que me enseñen cosas de religión y como mi padre no quería llevarme a un colegio de monjas… Me enseñan a hacer caridad y cosas así.
– Entiendo.
El problema que se me presentaba era que Jacinta, nuestra nueva asistenta, tenía la tarde libre los viernes; de modo que si me marchaba en aquel momento, la niña permanecería sola más de una hora hasta que llegara su padre. Regresé al salón y la observé. Había vuelto a ponerse boca abajo en el sofá, exhibiendo con obstinación sus calcetines de color rosa. ¿Cómo podía irme con tranquilidad? Si era capaz de pasarse media tarde en decúbito supino sólo para ver el mundo al revés, podía ocurrírsele cualquier otra cosa más peregrina aún. Afrontar la responsabilidad de lo que pudiera sucederle me pareció demasiado para mí, así que telefoneé a Marcos.
– Marina puede quedarse sola sin ningún problema. Es bastante formal. ¿Qué está haciendo ahora? -preguntó como casualmente mi marido.
– El pino encima de un sofá.
Se quedó un momento callado, sin duda no esperaba que su hija se hallara enfrascada en una ocupación tan inusual.
– Vete tranquila, Petra, yo enseguida salgo para allá. Será tan sólo un rato.
Con la gabardina abrochada y el bolso en la mano me planté frente a la niña.
– Marina, ¿puedes ver el mundo un momento al derecho?
Descendió y me miró, la cara enrojecida y los pelos alborotados.
– Tu padre llegará enseguida, pero yo tengo que marcharme a toda prisa.
