»Veo a sus falanges. Avanzan hacia las tiendas de los Aifolu, pero aún tienen muchos enemigos en medio. También hay choque de tropas de caballería, pero no distingo bien a unos de otros. Hay demasiado polvo.

– ¿Y qué tenemos aquí abajo?

Derguín apuntó el catalejo más cerca, a unos mil quinientos metros de donde se encontraban.

– El centro del campamento. Hay una gran tienda amarilla y una empalizada. Dentro de ésta se levantan tres tiendas negras. -Parecen el ojo de las tres pupilas, pensó, y se estremeció al recordar que bajo la armadura llevaba escondido el ojo rojo que le había arrebatado al Rey Gris-. Luego veo tropas de infantería, jinetes desmontados…

– ¿Qué hacen los Glabros? -preguntó la reina.

Se había sabido que aquellos salvajes de cráneos afeitados eran los responsables del ultraje sufrido por una compañía de doscientas Atagairas. Los Glabros las habían atado al suelo, las habían violado una y otra vez y luego habían dejado que murieran abrasadas bajo el descarnado sol de la meseta.

Entre esas mujeres se hallaba Tildara, primogénita de la reina. Ya había perdido dos años antes a otra de sus hijas, Tylse, en el certamen por la Espada de Fuego. Tan sólo le quedaba la menor, la bella e intrigante Ziyam. Y no se trataba precisamente de su favorita.

– ¿Qué hacen, tah Derguín? -se impacientó Tanaquil.

Prácticamente al pie de la ladera del Maular, los Glabros estaban ensillando a sus monturas, unas aves carniceras de tres metros de altura, patas musculosas, alas atrofiadas y grandes picos de color naranja aguzados como sables.

– ¡Están montando en sus pájaros del terror! Deben haberlos llamado a la batalla.

– Mejor -respondió la reina-. No quiero sorprenderlos desmontados. Mi intención es aplastarlos junto con esas bestias repugnantes que montan.

Derguín devolvió el catalejo a la reina. Había oído una pequeña algarabía detrás y volvió la mirada para comprobar qué pasaba. Entre la primera fila de guerreras montadas se había colado una pequeña figura que corría hacia él. Era Ariel.



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