Ya me ha vuelto a desobedecer, pensó Derguín. Volvió grupas a Riamar para encontrarse con la niña antes de que se acercara demasiado a la reina.

– ¡Mi señor! ¡Te he traído esto!

Ariel le entregó un bulto de tela negra. Derguín lo desenrolló. Era un estandarte. En el centro, cosidas con hilos rojos, ardían unas llamas que rodeaban una espada negra con la punta hacia abajo. En la interpretación de Ariel, el fuego era tan intenso que hasta devoraba la empuñadura.

– He pensado que no podías ir a la batalla sin un estandarte, señor -dijo

Ariel.

Derguín desmontó de Riamar y, con cuidado de no acercarse demasiado a la niña para no clavarle los pinchos y crestas de la armadura, la besó en la frente.

– Muchas gracias, Ariel. Es verdad que el Zemalnit no debe cabalgar sin su propia bandera.

– Ya sé que Zemal no tiene esas llamas tan grandes, pero no sabía muy bien cómo bordarla -dijo Ariel.

– Me encanta tu sorpresa. Ahora, volverás a la retaguardia y te quedarás allí, ¿verdad? Ésta no es la tierra de los inhumanos. ¿Me prometes que no te moverás?

– Te lo prometo, señor.

Mientras Ariel se alejaba corriendo hacia las alturas del Maular, donde estaban plantadas las tiendas de campaña, Derguín volvió con Tanaquil y le preguntó:

– ¿Crees que alguna de tus guerreras querría ser mi portaestandarte?

Baoyim se adelantó y se inclinó ante la reina.

– Majestad, con tu venia, sería un honor para mí llevar el estandarte del Zemalnit.

Tanaquil inclinó la cabeza con un gesto magnánimo.

– Por lo que veo, tah Derguín, inspiras una gran fidelidad entre mis súbditas. Es algo que ningún varón ha conseguido en toda la historia de Atagaira.


– Y que me honra, majestad.

Esa zorra de piel renegrida, pensó la princesa Ziyam al ver a Baoyim, y se tocó la mejilla izquierda. Aunque los bordes de la cicatriz seguían doliéndole como mil demonios, los recorrió como si quisiera memorizar su diseño en las yemas de los dedos.



11 из 447