Apenas un par de días después, bardos y juglares cantarían cómo el Zemalnit se abrió paso hasta el centro del campamento de los Aifolu, y cómo con la hoja ígnea de Zemal hizo trizas a Gankru, el demonio alado de fuego y metal que había sembrado la destrucción en las murallas de Malib y de la desdichada Ilfatar.

En aquella lucha lo acompañaron varios escuadrones de Atagairas. Pero el grueso de sus fuerzas, mandado por la reina, se enzarzó en un sañudo combate contra los Glabros y sus pájaros del terror.

Durante la batalla, Ziyam comprobó que los Glabros eran contrincantes tan peligrosos como se esperaba de ellos. Con sus dientes negros y afilados y los colores casi fosforescentes con que se pintaban el cráneo, parecían serpientes venenosas, impresión reforzada por los insultos que proferían en su salivoso y silbante lenguaje.

Sus gigantescas aves poseían cierta belleza siniestra, pero de cerca olían mucho peor que los caballos y los urimelos: su aliento hedía a sangre corrompida y a matadero. Y mordían a la mínima oportunidad, de modo que las Atagairas no sólo debían protegerse de las lanzas y los machetes de los Glabros, sino también de los aguzados picos de sus monturas. Uno de esos picos precisamente le había arrancado la cabeza a Visunam, jefa de las Teburashi, tan cerca de Ziyam que a ésta le había salpicado la sangre. Por suerte, los corceles de las Atagairas estaban protegidos con bardas y testeras de metal o de cuero acolchado. Incluso a través de la armadura, un picotazo de un pájaro del terror resultaba tan doloroso como el tajo de una espada, pero los caballos los resistían con tanta bravura como sus amazonas.

La batalla se prolongó durante horas. Las Atagairas lograron apartar a los Glabros del resto del Martal y los llevaron hasta las orillas de un lago cercano. Taniar se acercó al horizonte oeste y lo tiñó de sangre, y su luz roja pareció fundirse con los numerosos fuegos que empezaban a levantarse en el campamento enemigo. En aquel momento, los Invictos acababan de romper las filas de los Aifolu, pero las Atagairas todavía no lo sabían.



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