
No sabes lo que haces, Derguín, pensó Ziyam. Si pretendía unirse al ataque de las mujeres desnudas, no lo iba a conseguir. En ese momento las Faretrias, que se hallaban a unos cincuenta metros de los enemigos, se dividieron en dos formaciones, a derecha e izquierda, y empezaron a disparar andanadas de flechas contra los Glabros. Se decía que las mujeres de esa marca eran las mejores arqueras de Atagaira. Ahora lo demostraron con creces, pues la mitad de ellas se vieron obligadas a disparar por el flanco derecho de sus caballos como si fueran zurdas, y aun así abatieron a muchos adversarios.
Derguín se quedó solo, convertido en el ariete de aquella carga. Ziyam esperaba que refrenara a su montura para esperar a la reina y sus Teburashi, pero el joven desenvainó la Espada de Fuego y la levantó sobre su cabeza.
– ¡Bravo por ti, Zemalnit! -se le escapó a Ziyam, y de nuevo sintió que se le ponía la piel de gallina. Aunque Derguín fuese un varón, un ser inferior a cualquier Atagaira, había que reconocerle el valor.
Derguín, su unicornio y su arma flamígera penetraron en la primera línea enemiga como un cuchillo caliente en la mantequilla. Segundos después, las cabezas de dos pájaros del terror volaron por los aires, y un ensordecedor grito de victoria recorrió las filas de las Atagairas.
– ¡Seguid al Zemalnit! -rugió la reina, con voz tan potente que no hizo falta que Visunam amplificara su orden.
Ziyam rechinó los dientes, embrazó con fuerza el escudo y levantó la lanza sobre su cabeza. Ya había elegido a su propio enemigo, un Glabro que, tras la embestida de Derguín, trataba de hacerse con el control de su siniestra montura.
– ¡Ánimo, Cellisca! -gritó Ziyam-. ¡No es más que un pollo más cebado de la cuenta!
Y un segundo después se desató la locura.
LAGO DE BÓRAX
