
Derguín llevaba desde entonces rumiando su venganza, masticándola como cebada mezclada con cáscara de huevo y granos de arena. Ansiaba desquitarse de Agmadán y unos cuantos traidores más, pero jamás habría quemado o derruido ni uno solo de los edificios de Narak, la ciudad más hermosa que había conocido, con permiso de la montañosa Acruria, capital de Atagaira.
La belleza de Narak era ya sólo un recuerdo. Guiado por Mikha, el terón sobrevoló en círculo el contorno de la caldera. Pasaron a apenas diez metros sobre el aguzado pico de la Buitrera, la roca más alta de la ciudad. Bajo aquella pared vertical se abrían varias terrazas, unas naturales y otras excavadas. En ellas, a casi mil metros sobre las aguas de la bahía, se levantaban el Arubshar y la morada de Derguín. O más bien se habían levantado: ambas habían ardido dos meses atrás, en la conspiración urdida por Agmadán y el sobrino de Krust.
Pero ahora sus ruinas humeaban de nuevo, y esta vez las columnas negras no brotaban de las vigas de madera, los muebles o los cortinajes, sino de los propios sillares de piedra, como si los hubieran abrasado las llamas sobrenaturales de un dragón. De los cientos de árboles que sombreaban miradores y galerías no quedaba ni rastro, y el resto de los edificios de la Buitrera habían sufrido el mismo destino que el Arubshar.
