
Mientras el terón proseguía su vuelo, Derguín comprobó que los templos y mansiones de los otros dos distritos altos, la Acrópolis y el Nido, se habían convertido también en amasijos fundidos de formas irreconocibles.
La bestia batió un par de veces sus alas, más de quince metros de punta a punta, haciendo restallar el aire como la vela de un navío, y con aquel impulso le bastó para seguir trazando el círculo de la caldera. Derguín apartó su manto, que le revoloteaba ante el rostro como una bandera, y miró al oeste. Allí se alzaban el Morro y el Colmillo, los dos promontorios de roca que cerraban la bahía como vigías silenciosos. De los fortines aparentemente inexpugnables que los coronaban apenas quedaban los cimientos. La torre de Barust, donde Derguín había pasado varios días cautivo antes del juicio, ya no existía: quienquiera que la hubiese destruido, lo había hecho con tal saña que incluso había abierto un enorme boquete en la roca natural donde antes se apoyaba el edificio, como un barbero que al arrancar una muela se hubiese llevado de paso media encía y un trozo de mandíbula.
– Vamos a descender -dijo Derguín-. Quiero ver qué ha ocurrido en la parte baja de la ciudad.
A la altura de la bahía, la devastación era incluso peor. Los puertos de Namuria y Tatros se habían unido en una sola ensenada. El farallón que los separaba había desaparecido. Allí debía estar el Albatros, la taberna donde Derguín solía reunirse con Krust y con el navarca Narsel; pero era como si nunca hubiese existido. Del crestón de piedra sobre el que se encaramaba tan sólo quedaban unas rocas requemadas que apenas sobresalían del agua. Los muelles antes grises se veían ahora negros y resquebrajados: sectores enteros se habían hundido en la bahía y otros se habían levantado en ángulos imposibles, como dientes cariados surgidos de la tierra.
Derguín tragó saliva. ¿Qué fuerza podía romper y desplazar de tal forma aquellas enormes masas de hormigón fraguado? De los centenares o miles de barcos que normalmente amarraban en ambos puertos no se veía ni rastro, y los montones de escoria de los que aún brotaban oscuras columnas de humo debían de ser las grandes grúas de estiba.
