
Cuando el último resplandor rojo de Taniar se apagó en el horizonte, los ojos de Ziyam, habituados a la oscuridad como los de todas las Atagairas, vieron cómo sobre las crestas de roca que dominaban el lago se recortaban centenares de siluetas.
– ¡Ahora! -gritó la reina, y Antea transmitió su orden, que se convirtió en un toque de trompeta.
No habría sido necesario. Los urimelos bajaron por aquellos peñascos saltando como cabras montesas. Sobre sus lomos, las amazonas se sacudían y agitaban como si fueran a descoyuntarse, mas pese a los brincos de sus monturas conseguían disparar lanzas y flechas contra los Glabros. Aquella reserva de dos mil guerreras cayó sobre la retaguardia enemiga como un rayo de Manígulat, y los Glabros se vieron de repente encerrados entre dos frentes.
Era la primera batalla de Ziyam, que hasta entonces sólo había combatido en escaramuzas. Una veterana guerrera que había sido amante suya le había dicho:
– Al final del combate, cuando parece que ya todo está resuelto, es cuando debes tener más cuidado si quieres conservar la vida.
Sus palabras debían de ser proféticas: fue en ese momento cuando Ziyam se encontró ante las fauces de la muerte. Decenas de Glabros montados rompieron su propio frente, pisoteando a sus compañeros, y embistieron contra las Atagairas. En medio del caos, la yegua de Ziyam se encabritó y giró de lado, ofreciendo el costado izquierdo a los enemigos. Un pájaro del terror se lanzó sobre Cellisca, le clavó el pico en la ijada y abrió una herida por la que sacó una ristra de intestinos ensangrentados.
La yegua se desplomó y Ziyam, fatigada tras varias horas de cabalgar y luchar, no fue lo bastante ágil para sacar la pierna a tiempo y su pantorrilla derecha quedó atrapada bajo el peso de Cellisca. Ni siquiera sintió el dolor. Tan sólo vio cómo una enorme garra de tres dedos se posaba sobre el pecho de la yegua y un cuello alargado bajaba desde las alturas. El pico naranja de la bestia, del que colgaba un trozo de carne hedionda, se acercó a su cara, y unos ojos que parecían de vidrio la miraron sin parpadear.
