
Un salpicón de sangre le cayó sobre la mejilla. El pico del ave golpeó contra la loriga que cubría su pecho, no contra su cabeza. Con un grito de miedo y rabia, Ziyam consiguió sacar la pierna de debajo de la yegua.
Mientras se apartaba y se ponía de pie, usando la espada a modo de bastón, vio cómo el cuerpo del pájaro del terror caía junto al de Cellisca. Su madre, que había decapitado a la bestia de un tajo, estaba levantando el brazo sobre la cabeza para acabar con el jinete Glabro, que había perdido el equilibrio al caer su montura.
Mi madre me ha salvado la vida, pensó Ziyam, con una mezcla de alivio y rencor, pues no quería deberle nada. Un instante después, ella misma atacó al Glabro por el lado izquierdo y le clavó una estocada entre las costillas.
Sobre el gorgoteo ahogado de aquel demonio se oyó un alarido de dolor. Ziyam levantó la mirada. La reina se había quedado con el brazo en alto, congelada en el gesto de descargar el tajo. El arma resbaló de su mano y ella trató de agarrarse al arzón de la silla para no caer.
El Glabro que la había alanceado por detrás profirió un alarido salvaje: ¡Kashúuuuk! Su triunfo fue fugaz. Las Teburashi que rodeaban a la reina lo hirieron desde tres puntos a la vez, y una vez abatido los hicieron picadillo a él y a su montura a golpe de espada.
Ziyam se acercó a su madre y le puso una mano en el costado para evitar que resbalara de la silla.
– ¡Estoy bien! -exclamó Tanaquil-. ¡No necesito tu ayuda!
Cuando Tanaquil hizo girar a la yegua que montaba, Ziyam vio que una mancha oscura se extendía poco a poco por su espalda. Aprovechando que la lucha se alejaba de ella, recogió del suelo la lanza que había herido a su madre.
