
posturas, con la piel grisácea y quebradiza y las mejillas encogidas, cual si llevaran años muertos y embalsamados.
Más allá se veían pasar grupos de soldados, algunos organizados y otros más anárquicos. Había hombres armados y otros que llevaban las manos atadas, y los primeros conducían a los segundos en reatas como si fueran ganado. También había mujeres guerreras; sin duda, Atagairas. Mikhon Tiq no sabía quién había combatido contra quién ni por qué. Ya tendría tiempo de enterarse.
Tiempo.
Tiempo.
Ahora el tiempo significaba algo muy distinto para él. Durante diecinueve años había llevado una vida más o menos normal: su infancia en Malirie, sus estudios frustrados en la Academia de la Guerra de Koras, después su aprendizaje con Yatom…
Pero todo eso había terminado junto a un pino. El pino del que lo había ahorcado Linar. El pino junto al que había muerto. Para después despertar, o más bien resucitar, como un Kalagorinor. Un hombre sin corazón, o al menos con un corazón inútil, parado. Su sangre seguía corriendo por arterias y venas, pero ya no lo hacía a empujones partiendo desde aquel músculo encerrado entre costillas y pulmones. Ahora lo hacía en un flujo suave y constante, un río interno que parecía fluir siempre cuesta abajo, movido por la energía que formaba el núcleo de su syfron.
Morir a los diecinueve años estrangulado por una soga de cáñamo no era una experiencia agradable. Pero aquel recuerdo había resultado fácil de olvidar o al menos de arrinconar, ya que Mikhon Tiq estaba embriagado por el descubrimiento de la syfron que había heredado de Yatom y de los poderes que se escondían en ella.
Mas esos poderes se le habían concedido con una limitación. Era como si a Derguín le hubieran entregado la Espada de Fuego añadiendo una cláusula: «Jamás debes sacarla de su funda». Cuando Mikhon Tiq realizaba algún conjuro simple, un hechizo que podría haber realizado cualquier encantador de feria, todo iba bien. Pero si empleaba más poder, si la emisión de energía de su syfron superaba cierto punto, el suelo empezaba a temblar bajo sus pies y una colosal criatura subterránea despertaba y acudía a su llamado, tan voraz como un tiburón al olor de la sangre.
