
– No puedes hacerte idea de lo solo que me he sentido yo, Derguín.
Los dos rieron y lloraron un rato, apartándose para mirarse incrédulos.
– Ahora eres un Kalagorinor -dijo Derguín.
– Y tú eres el Zemalnit -respondió Mikha.
Por fin, Derguín volvió a ponerse la coraza y el yelmo.
– Qué curiosa armadura -dijo su amigo.
– Con ella parezco una criatura de otro mundo, ¿verdad?
No sabes hasta qué punto, pensó Mikhon Tiq, rozando la coraza con los dedos. Tenía algo de metálico, pero no era de auténtico metal. Eso despertó recuerdos de conocimientos adquiridos, o más bien recuperados, dentro de su syfron. Pero por el momento no le dijo nada a Derguín. Recién regresado al mundo «real», era preferible esperar, observar y comprender antes de ofrecer información alegremente.
Estoy haciendo justo lo que no soportaba en el viejo Linar, pensó.
– ¿Adónde vas ahora, mi señor Zemalnit? -preguntó con una sonrisa un tanto forzada.
– La batalla no ha terminado, Mikha. Y quiero ver qué tal está Kratos. Ha pasado demasiado rato en Urtahitéi. ¿Me acompañas?
– Quiero saludar a ese calvo gruñón. Pero no ahora. Tengo que pensar algunas cosas.
– ¿No has tenido tiempo más que de sobra para pensar?
Escondido detrás del visor de cristal, era difícil saber si Derguín pretendía ser irónico. Mikha le hizo un gesto con la mano.
– Tranquilo. Me reuniré contigo luego.
– Estamos en un campo de batalla. ¿No crees que deberías…?
– Estaré a salvo, Derguín. No te preocupes por mí.
Cuando su amigo se fue, Mikha observó a su alrededor. La tienda en la que él y Derguín habían combatido contra Ulma Tor había volado por los aires, arrastrada por el vendaval sobrenatural conjurado por Kalitres. A unos cuantos metros se veían otros dos pabellones negros, con las lonas desgarradas.
Por lo demás, se hallaba solo dentro de aquella empalizada. Dejando aparte los cadáveres, claro está. Cuerpos retorcidos, contraídos en extrañas
