Bajo la mano notó una corriente, un suave calambre que recorrió sus dedos, y la vara renegrida se convirtió en bronce frío y dorado. Y sin embargo, del mismo modo que no había sido madera, Mikhon Tiq percibió que no era del todo bronce, sino una especie de falso metal que tan sólo lo parecía en su superficie.

Pero lo más interesante estaba en su interior. Para verlo y sentirlo mejor, pronunció Krústallos y la vara se hizo transparente.

Dentro de ella latía un finísimo hilo de luz azulada. Mikhon Tiq cerró los ojos y recurrió a otros sentidos que no poseía cuando era un simple mortal.

Aquel tenue resplandor ocultaba, en realidad, una energía mucho mayor. Muchísimo mayor. El hilo era una especie de grieta en el espacio, una irregularidad geométrica en la que se concentraba tanta masa como en una gigantesca montaña. Si Mikhon Tiq podía levantar la vara era porque esa grieta estaba rodeada por un cilindro forjado de un material que no cumplía las leyes de este mundo, un elemento que, de haberlo soltado en el aire, en lugar de caer al suelo se habría elevado hacia las alturas huyendo de la masa de la tierra.

Tanto el hilo de luz como el cilindro de materia antinatural estaban rodeados por una delicada filigrana de hilos y pequeños relieves interiores, tan minúsculos que ni siquiera los sentidos acrecentados del Kalagorinor podían discernir sus detalles. Y dentro de esa filigrana se escondía algo más.

Almas. Eran vidas humanas, absorbidas por el poder de la vara. Diminutas luces orbitando alrededor del hilo central. Mikhon Tiq comprendió por qué los cadáveres tendidos en el suelo parecían momias. La lanza de Prentadurt había absorbido su esencia, los había drenado de aquello que los convertía en personas, algo más vital que la misma sangre.

Pero allí dentro había muchísimas más almas que cadáveres dentro de la empalizada, miles de veces más. ¿Cuántas vidas habría arrebatado aquel objeto diabólico?



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