
– Xúlon -dijo Mikhon Tiq, y la materia transmutable del exterior se convirtió de nuevo en madera.
Aquella vara era una maravilla creada por una magia o una ciencia ya perdidas. En su interior albergaba grandes poderes en liza, fuerzas primordiales que se contraponían y anulaban. Pero Mikhon Tiq sospechaba que el equilibrio era inestable y que, si manejaba el fragmento de lanza sin precaución, podía sembrar la destrucción a su alrededor y aniquilarse a sí mismo.
Decidió abandonar aquel lugar y buscar de nuevo a Derguín. Absorto en el objeto que llevaba en la mano, casi se tropezó con una máscara de madera. Bajó la mirada y la observó unos segundos. Era triangular, casi tan grande como un escudo. Tenía tres rubíes encastrados, grandes como huevos de codorniz. Nada que pudiera interesar a un Kalagorinor, así que Mikhon Tiq la apartó con la puntera.
De haberla recogido del suelo, Mikhon Tiq tal vez habría salvado a Narak. O tal vez no, porque, como rezaba un antiguo proverbio Ritión: Lo que está por pasar tiene mucha fuerza.
TIENDA DE BINARG-ULISHA-RHAIMIL
Pese a que apenas unas semanas antes habían estado a punto de declararse la guerra -sólo la lejanía física había impedido que entraran en combate-, los Invictos de la Horda Roja y las Atagairas comprendieron que el destino los había convertido en aliados forzosos y, sin necesidad de intercambiar heraldos ni juramentos, alcanzaron el acuerdo tácito de no agredirse ni mantener conflictos hasta que llegara el momento de administrar la victoria.
Aún faltaban algunas horas para el amanecer cuando las Teburashi evacuaron a la reina del campo de batalla. La tienda de Ulisha era tan grande que las Atagairas pudieron alojar a Tanaquil en una de sus dependencias. El azar o el capricho de Kartine quisieron que ambos, el general supremo del Martal y la soberana de Atagaira, agonizaran al mismo tiempo a unos metros de distancia, separados tan sólo por compartimentos de tela y biombos de madera y papel de seda.
