
Derguín apartó la mirada y siguió hablando con la reina. Ziyam respiró hondo. En dos o tres días como mucho, tendría que volver a Atagaira con el ejército y quizá nunca volvería a ver al Zemalnit. Aquel pensamiento le resultaba insoportable.
Maldita estúpida, se recriminó. Derguín sólo era un hombre, un ser inferior, un pene dotado de dos piernas que lo transportaban de un lado a otro.
Nunca, se repitió. Nunca volverás a verlo. Olvídalo…
¿Nunca? Tal vez no… Ziyam tenía todavía una última carta, un dado cargado con plomo. Con ciento cincuenta kilos de plomo, de hecho. Pensando en ello, se permitió una sonrisa.
– Pronto serás reina, mi señora -le susurró al oído Tyanna, una de sus partidarias en la corte. Sin duda había malinterpretado su gesto.
Por fin, Derguín se fue de la tienda. Tanaquil estaba empeorando con rapidez y ningún varón debía ver morir a la reina. Pero antes de salir, el Zemalnit se volvió y echó una última mirada atrás.
Directamente a Ziyam.
¡Él también siente algo por mí! No puede evitarlo, siente algo por mí. La princesa notó cómo se le subía la sangre al rostro, pero poseía el suficiente dominio sobre sí misma como para controlar incluso aquel rubor.
La nueva jefa de las Teburashi, Antea, se acercó a Ziyam y le dijo:
– La reina quiere hablar contigo.
– Sus deseos son órdenes para mí -contestó Ziyam a la jefa de la guardia, sin apenas reprimir el sarcasmo.
Si la piel de las Atagairas es blanca, la de Tanaquil ahora parecía de mármol, de un mármol que hubiera perdido todo su lustre. Sus ojos de acero empezaban a empañarse como los de un pez que llevara demasiado tiempo en la cesta de la pescadería.
