
Tanaquil se empeñó en recibir a Derguín antes de morir. Mientras la reina y el Zemalnit hablaban, Ziyam se mantuvo alejada, descansando en un sitial de cedro con incrustaciones de marfil. Agradecía sentarse, porque la pierna derecha, que había quedado atrapada bajo el peso de su yegua, le dolía horrores. La tenía amoratada, casi negra, pero la médica la tranquilizó. Cualquier golpe en la piel albina de una Atagaira producía unos negrales que en personas de tez más oscura habrían hecho pensar en gangrena.
Derguín y su madre hablaban casi en susurros, demasiado bajo para que Ziyam captara sus palabras. El Zemalnit se había despojado de su armadura. Llevaba la almilla verde tan empapada que se le pegaba al cuerpo como una segunda piel, marcando sus músculos y también sus costillas. «¿Por qué estás tan delgado, si he visto que comes como un lobo?», le había preguntado Ziyam en su alcoba de Acruria, mientras le recorría la línea de los abdominales con la uña. «Es Zemal. Su fuego me consume», le contestó él. Entonces, la princesa no supo si hablaba en serio o en broma. Ahora sospechaba que había sido sincero.
Aparte del sudor, no se apreciaba en Derguín ninguna otra señal de que hubiera combatido durante horas: ni una herida, ni un moratón, ni siquiera una escoriación de la armadura. Con ese aspecto, podría venir de una sesión de entrenamiento y no de una batalla. Como un dios, pensó Ziyam con esa amarga mezcla de admiración y rencor que le despertaba el joven Ritión.
Mírame, Zemalnit. Mírame, te estoy mirando, repitió mentalmente la princesa, entrecerrando los párpados, como si a través de ellos quisiera enviar las ondas de un hechizo.
Por fin, Derguín debió notar aquellos ojos azules clavados en la nuca, porque volvió la cabeza un segundo. Ziyam le sonrió con suficiencia, tratando de transmitirle en un gesto toda la satisfacción de la victoria. Al final he conseguido ser reina. Pero, para su propia desazón, notó cómo las pulsaciones se le aceleraban y la boca del estómago se le encogía. Era una sensación desconocida para ella: tener algo al alcance de la mano, tan cerca, y no poder cogerlo.
