
Era cierto que Ariel poseía una ventaja sobre Agmadán. Por algún extraño hechizo, obra tal vez del herrero divino Tarimán, la niña podía blandir la Espada de Fuego impunemente. Cualquier otro que intentara sacarla de la vaina se convertiría en un montón de cenizas. De modo que, quienquiera que hubiese convencido a Ariel para hurtársela, no sólo quería privar a Derguín de su arma. También pretendía que Ariel la utilizase.
Derguín estaba seguro de quién era la inductora de tal fechoría: Ziyam, la flamante reina de las Atagairas, a la que no había conseguido ver después del robo. En cuanto al motivo, mucho se temía que aquella aniquilación que contemplaban guardara alguna relación directa o indirecta con la Espada de Fuego.
Lo cual, como Zemalnit, su legítimo propietario, lo convertía a él, de algún modo, en responsable de la destrucción de Narak.
El terón se posó en una roca y plegó las enormes alas, apoyando las garras en la piedra. Aun dobladas, las alas se levantaban sobre su cabeza casi cinco metros, como las velas de un balandro. Sus pasajeros pusieron pie en tierra. Derguín abrió las musleras de la armadura y se masajeó las piernas y las caderas, doloridas de viajar a horcajadas durante horas.
Allí, en la parte central de la bahía, se extendía antes la playa de la Espina, así como el paseo marítimo donde se montaban los tenderetes del gran mercado de Narak. Ahora tanto la playa como el paseo habían desaparecido, y sólo quedaban cascotes abrasados contra los que se estrellaban las olas.
Derguín se volvió y levantó la mirada. A poca distancia se alzaba un farallón vertical, la pared exterior del templo de Manígulat, un santuario excavado en la roca. Allí había antes un relieve pintado de más de treinta metros de altura que representaba el combate del rey de los dioses contra su hermano, el rebelde Tubilok. De aquella magnífica obra no quedaba ni rastro, y la roca antaño rojiza del fondo se veía ahora negra y surcada por profundas hendiduras, como arañazos de una bestia colosal.
