– Ningún ejército podría haber causado una destrucción así -murmuró Derguín, entre horrorizado y fascinado.

– Ni siquiera Gankru y Molgru tenían tanto poder -corroboró Mikhon Tiq.

Al recordar a Gankru, el demonio de metal candente contra el que había luchado durante la batalla de la Roca de Sangre, Derguín se llevó la mano a la cintura. Allí debía haber encontrado el pomo de Zemal.

Pero sólo halló la empuñadura de una espada normal, cuya hoja estaba forjada en acero y no en plasma ardiente. Los dedos de Derguín se contrajeron y un doloroso calambre le corrió hasta el codo. Sus pulsaciones se desbocaron y, pese al aire fresco que soplaba contra su rostro, notó cómo la cabeza se le calentaba y la frente se le perlaba de sudor.

Ni un borracho privado de vino durante un mes habría sufrido tal malestar físico. Como había hecho a menudo desde que conquistó a Zemal en la isla de Arak, Derguín se preguntó si él era el dueño de la Espada de Fuego o la Espada de Fuego lo señoreaba a él.

– No pienses en ella ahora -le dijo Mikha. Los dedos de su amigo se clavaron en sus hombros, y de ellos brotó una corriente cálida que atravesó el cuerpo de Derguín y disolvió la bola ácida que se había formado en su estómago.

El Zemalnit -el Zemalnit desposeído, se recordó- respiró hondo y controló aquella crisis.

Al menos controló los síntomas del cuerpo. Resultaba más difícil interrumpir la reata de pensamientos que acudía a su mente.

Era la segunda vez que lo apartaban de la Espada de Fuego. La primera había sido por la traición de Agmadán, un personaje de quien cabía imaginar cualquier felonía.

Pero Ariel… ¿Cómo iba a esperar que la pequeña Ariel, la misma que le había salvado la vida en las tierras salvajes de los inhumanos y le había bordado el estandarte antes de la gran batalla, le robara el arma de los dioses?



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