La brisa les trajo un olor a azufre y a ceniza tan intenso que Derguín tosió y tuvo que escupir para aclararse la garganta.

– Sospecho que lo que haya destruido Narak brotó de esa isla -dijo Mikhon Tiq.

Y Derguín sospechaba que tenía que ver con Ariel y con la espada. O, más bien, lo sabía. La noche anterior, mientras Mikhon Tiq invocaba al terón sobre una peña de los montes Crisios, él había recibido una segunda visión de Zemal. Confusa y caótica, imposible de interpretar. Pero en ella había fuego y poder desatado, ira y locura apenas contenidas. Y por un segundo había visto el rostro de Ziyam, alumbrado por las llamas, con los ojos congelados en un gesto de puro terror.

¿Qué habéis hecho las dos? ¿Qué maldición habéis despertado?

Derguín cerró los ojos, y durante un segundo vio de nuevo la pesadilla de su niñez. Las tres lunas que formaban un ojo triple en el cielo, un ojo que le prometía una implacable eternidad de frío y desnudez…

Derguín notó un roce en el hombro y dio un respingo.

– Mira arriba -le dijo Mikha.

Torció el cuello para escudriñar las alturas. Faltaban un par de horas para el anochecer. Rimom debería verse como una mancha azulada coronando el primer cuadrante de la bóveda celeste, pero brillaba casi como si fuese de noche y en fase de plenitud. ¿A qué se debía aquel resplandor innatural?

El prodigio aún no había terminado. El disco de Rimom siempre había sido liso, como el de las otras dos lunas. Pero ante los ojos atónitos de ambos amigos, se formaron en su superficie unas líneas oscuras que en cuestión de segundos trazaron el dibujo de un rostro severo y barbudo.

– ¿Qué portento es éste? -preguntó Derguín-. ¿De quién es esa cara?

– Yo lo sé. Ignoraba que lo sabía, pero lo sé.

Derguín se volvió hacia Mikha. Su amigo había hablado con voz inexpresiva y no parpadeaba.



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