– ¿Qué quieres decir?

Mikha pestañeó y salió de aquel breve trance.

– Soy un Kalagorinor, Derguín. Acuérdate de lo que nos dijo Linar: los Kalagorinór somos los que esperan a los dioses. Para esperarlos, debemos conocer sus rostros. Y ahora lo he recordado.

Derguín tragó saliva. Quizá todos los que estaban mirando al cielo en ese preciso momento tenían la misma impresión, pero lo cierto es que le pareció que los ojos de aquel semblante dibujado en el firmamento lo miraban a él, para recordarle que no era más que un insecto, un piojo pegado a la piel de Tramórea.

– ¿Quién es?

– Esa cara que ves en la luna azul es la de Manígulat.

¡Manígulat! El rey de los todopoderosos Yúgaroi, el señor de los dioses.

Unas semanas antes, en su agonía, el hechicero conocido desde tiempos ancestrales como el Rey Gris le había dicho a Derguín: «Yo vigilaba a los dioses. Ahora volverán. Yo se lo impedía. Los dioses vendrán».

Y había añadido algo más, pues consideraba culpable de su muerte a Derguín.

«No sabes lo que has hecho.»

– ¡Otro portento, Derguín! -exclamó Mikha, señalando hacia el norte.

En plena tarde, el cielo se llenó de luces, una lluvia de estrellas que se precipitaron desde las alturas y desaparecieron hacia el norte, a la derecha del promontorio del Morro, dejando durante unos segundos regueros incandescentes en el firmamento.

– Muchos creían que el fin del mundo sería el año Mil -dijo Mikhon Tiq con voz grave-. Al parecer, los dioses decidieron concedernos dos años de tregua. Pero ahora nuestro tiempo se agota.

Las estrellas fugaces eran algo más que una señal. Mil seiscientos kilómetros al norte, el fuego del cielo aniquiló a dos ejércitos que combatían bajo una ciudadela sitiada. Aunque ni Derguín ni Mikhon Tiq lo sabían todavía, la guerra contra los dioses ya había comenzado.

Y en esa guerra Derguín Gorión poco podría hacer sin Zemal, la Espada de Fuego que había empuñado en la batalla de la Roca de Sangre y que había perdido por una traición inconcebible.



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