– Aquí he venido para invitarlo -dijo Gauna, pero se interrumpió porque el peluquero parpadeaba mucho-. Aquí he venido para invitarlo -el tono era lento y cortés; alguien podría sugerir que soñando una íntima y apenas perceptible fantasía alcohólica el joven Gauna se convertía en el viejo Valerga- para que nos ayude, a los muchachos y a mí, a gastar los mil pesos que me hizo ganar a las carreras.

El peluquero seguía sin entender. Gauna explicó:

– Mañana a las seis lo esperamos en casa del doctor Valerga. Después saldremos a cenar juntos.

El peluquero, ya más despierto, lo escuchaba con una desconfianza que trataba de ocultar. Gauna no la percibía y, cortésmente, pesadamente, insistía en su invitación.

Massantonio imploró:

– Sí, pero la señora. No puedo dejarla.

– Qué más quiere que la deje un rato -contestó Gauna, inconsciente de su impertinencia.

Entrevió frazadas y almohadas -no sábanas- de una cama en desorden; entrevió también un mechón dorado de la señora, y un brazo desnudo.

IV

A la mañana siguiente Larsen amaneció con dolor de garganta; a la tarde tenía gripe. Gauna había propuesto a los muchachos «postergar la salida para mejor oportunidad»; pero, al notar la contrariedad que provocaba, no insistió. Sentado sobre un cajoncito de madera blanca, ahora escuchaba a su amigo. Éste, en mangas de camiseta, envuelto en una frazada, sobre un colchón a rayas, apoyada la cabeza en una almohada muy baja, le decía:

– Anoche, cuando me tiré en esta cama, ya sospechaba algo; hoy, a cada hora que pasaba, me sentía peor. Toda la mañana estuve mortificándome con la idea de no poder salir con ustedes, de que a la noche me voltearía la fiebre. A las dos de la tarde ya era un hecho.



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