
Contrataron un segundo taxímetro, lleno de espejitos y con un diablo colgando. Gauna se sintió muy seguro cuando ordenó al chofer que fuera a Palermo, y muy orgulloso cuando oyó que decía Valerga: «Parecen la sombra de ustedes, muchachos, pero Gauna y este viejo siguen con ánimo». A la entrada del Armenonville tuvieron una colisión con un Lincoln particular. Del Lincoln bajaron cuatro muchachitos y una muchacha, una máscara. Si no hubiera intervenido Valerga, los muchachitos hubieran peleado con el chofer del taxímetro; como el hombre no se mostró agradecido, Valerga le dijo unas palabras adecuadas.
Gauna trató de contar las veces que se había emborrachado desde el domingo a la tarde. Nunca había sentido tanto dolor de cabeza ni tanto cansancio.
Entraron en un salón «grande como La Prensa -explicó Gauna- o como el hall de Retiro, pero sin el modelo de locomotora que usted pone diez centavos y lo ve andar». Estaba ese local muy iluminado, con guías de gallardetes, banderitas y globos de colores, con palos y cortinas, con gente ruidosa y música a toda orquesta. Gauna se agarró la cabeza con las manos y cerró los ojos; creyó que iba a gritar de dolor. Al rato se encontró hablando con la máscara que habían traído los muchachitos. Llevaba antifaz, estaba disfrazada de dominó. No se había fijado si era rubia o morena, pero al lado de esa máscara se había sentido contento (con la cabeza milagrosamente aliviada) y desde esa noche había pensado muchas veces en ella.
Al rato volvieron los muchachitos del Lincoln. Cuando los recordaba tenía la impresión de estar soñando. Había uno que parecía prócer del libro de Grosso, con la cara increíblemente delgada. Otro era muy alto y muy pálido, como hecho de miga; otro era rubio, también pálido, y cabezón; otro tenía las piernas cambadas, como jockey. Este último le preguntó «quién es usted para robamos la máscara» y antes de acabar de hablar se puso en guardia, como boxeador. Gauna palpó su cuchillito, en el cinto. Aquello fue como una pelea de perros: los dos se distrajeron muy pronto. En algún momento Gauna oyó hablar a Valerga, en tono persuasivo y paternal.
