Después se encontró muy feliz, miró a su alrededor y dijo a su compañera: «Parece que estamos de nuevo solos». Bailaron. En medio del baile perdió a la máscara. Volvió a la mesa: allí estaban Valerga y los muchachos. Valerga propuso una vuelta por los lagos «para refrescarnos un poco y no acabar en la seccional». Levantó los ojos y vio, junto al mostrador del bar, a la máscara y al muchachito rubio. Porque en ese momento sintió despecho, aceptó la propuesta de Valerga. Antúnez señaló una botella de champagne empezada. Llenaron las copas y bebieron.

Después los recuerdos se deforman y se confunden. La máscara había desaparecido. Él preguntaba por ella; no le contestaron o procuraban calmarlo con evasivas, como si estuviera enfermo. No estaba enfermo. Estaba cansado (al principio, perdido en la inmensidad de su cansancio, pesado y abierto como el fondo del mar; finalmente, en el remoto corazón de su cansancio, recogido, casi feliz). Se encontró luego entre árboles, rodeado por gente, atento al inestable y mercurial reflejo de la luna en su cuchillo, inspirado, peleando con Valerga, por cuestiones de dinero. (Esto es absurdo: ¿qué cuestión de dinero podía haber entre ellos?).

Abrió los ojos. Ahora el reflejo aparecía y desaparecía, entre las tablas del piso. Adivinaba que afuera, tal vez muy cerca, brillaba impetuosamente la mañana. En los ojos, en la nuca, sentía un dolor denso y profundo. Estaba en la oscuridad, en un catre, en un cuarto de madera. Había olor a yerba. Abajo, entre las tablas del piso -como si la casa estuviera al revés y el piso fuera el techo- veía líneas de luz solar y un cielo oscuro y verde, como una botella. Por momentos, las líneas se ensanchaban, aparecía un sótano de luz y un vaivén en el fondo verde. Era agua.



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