
Entró un hombre. Gauna le preguntó dónde estaba.
– ¿No sabés? -le replicaron-. En el embarcadero del lago de Palermo.
El hombre le cebó unos mates y paternalmente le arregló la almohada. Se llamaba Santiago. Era corpulento, de unos cuarenta y tantos años de edad, rubio, de piel cobriza, con la mirada bondadosa, el bigote recortado y una cicatriz en el mentón. Llevaba una tricota azul, con mangas.
– Cuando volví anoche te encontré en el catre. El Mudo te cuidaba. Para mí que alguien debió de traerte.
– No -contestó Gauna, sacudiendo la cabeza-. Me encontraron en el bosque.
Sacudir la cabeza lo mareó. Se durmió casi en seguida. Al despertar oyó una voz de mujer. Le pareció reconocerla. Se levantó: entonces o mucho después, no podía precisarlo. Cada movimiento repercutía dolorosamente en su cabeza. En la deslumbrante claridad de afuera vio, de espaldas, a una muchacha. Se apoyó en el marco de la puerta. Quería ver el rostro de esa muchacha. Quería verlo porque estaba seguro de que era la hija del Brujo Taboada.
Se había equivocado. No la conocía. Debía de ser de profesión lavandera, porque había recogido del suelo una bandeja de mimbre. Gauna sintió, muy cerca de la cara, una suerte de ladridos roncos. Entrecerrando los ojos, se volvió. El que ladraba era un hombre parecido a Santiago, pero más ancho, más oscuro y con la cara rasurada. Llevaba una tricota gris, muy vieja, y unos pantalones azules.
– ¿Qué quiere? -preguntó Gauna.
Cada palabra pronunciada era como un enorme animal que, al moverse dentro de su cráneo, amenazara con partirlo. El hombre volvió a emitir sonidos torpes y roncos. Gauna comprendió que era el Mudo. Comprendió que el Mudo quería que él volviera al catre.
Entró y se acostó de nuevo. Cuando despertó se encontró bastante aliviado. Santiago y el Mudo estaban en el cuarto. Con Santiago conversó amistosamente. Hablaron de fútbol. Santiago y el Mudo habían sido cancheros de un club. Gauna habló de la quinta división de Urquiza, a la que ascendió de la calle, al cumplir once años.
