– ¿Qué hacías en el bosque, cuando el Mudo te encontró?

– Si yo lo supiera -contestó Gauna.

VI

Lo más extraño de todo esto es que en el centro de la obsesión de Gauna estaba la aventura de los lagos y que para él la máscara era sólo una parte de esa aventura, una parte muy emotiva y muy nostálgica, pero no esencial. Por lo menos esto era lo que había comunicado, con otras palabras, a Larsen. Tal vez quisiera restar importancia a un asunto de mujeres. Hay indicios que sirven para confirmar la afirmación; lo malo es que también sirven para contradecirla, por ejemplo en Platense declaró una noche: «Todavía va a resultar que estoy enamorado». Para hablar así ante sus amigos, un hombre como Gauna tiene que estar muy ofuscado por la pasión. Pero esas palabras prueban que no la oculta.

Por lo demás, él mismo confesó que nunca vio la cara de la muchacha o que si alguna vez la vio estaba demasiado bebido para que el recuerdo no fuera fantástico y poco digno de crédito. Es bastante curioso que esa muchacha ignorada le hubiera causado una impresión tan fuerte.

Lo ocurrido en el bosque fue, también, extraño. Nunca pudo Gauna explicarlo coherentemente; nunca pudo, tampoco, olvidarlo. «Si la comparo con eso -aclaraba- ella casi no importa». De todos modos, los vestigios que dejó en su alma la muchacha eran vivísimos y resplandecientes; pero el resplandor provenía de las otras visiones, a las que él, un rato después, ya sin la muchacha, se habría asomado.

Después de la aventura, Gauna nunca fue el mismo. Por increíble que parezca, esa historia, confusa y vaga como era, le dio cierto prestigio entre las mujeres y hasta contribuyó, según algunos comentarios, a que la hija del Brujo se enamorara de él. Todo esto -el ridículo cambio operado en Gauna y sus irritantes consecuencias- disgustó de verdad a los muchachos. Se murmuró que proyectaron aplicarle un «procedimiento terapéutico» y que el doctor los contuvo. Tal vez esto fuera una exageración o una invención. La verdad es que nunca lo habían considerado uno de ellos y que ahora, conscientemente, lo miraban como a un extraño. La común amistad con Larsen, el respeto por Valerga, terrible protector de todos ellos, impedía la manifestación de estos sentimientos. Aparentemente, pues, las relaciones entre Gauna y el grupo no se alteraron.



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