
El taller era un galpón de chapas situado en la calle Vidal, a pocas cuadras del parque Saavedra. Como decía la señora de Lambruschini, en verano el local era una fiebre, y sobre el frío que hacía en invierno, con todas las chapas como una sola escarcha, no había para qué insistir. Sin embargo, los obreros nunca se iban del taller de Lambruschini. No hay duda que tenían razón los clientes: en el taller nadie se mataba trabajando. Lo que más le gustaba al patrón era sentarse a tomar unos mates o un café, según las horas, y dejar que los muchachos hablaran. Yo creo que lo estimaban por eso. No era una de esas personas cansadoras, que siempre tienen algo que decir. Lambruschini escarbaba con la bombilla en el mate y con la cara benévola y roja, con los ojos vidriosos, con la nariz como una enorme frambuesa, escuchaba. Cuando había un silencio preguntaba distraídamente: «¿Qué otra noticia?». Parecía temer que por falta de tema lo obligaran a volver al trabajo o a cansarse hablando. Eso sí, cuando se acordaba de la casa de sus padres o de las vendimias en Italia o de su aprendizaje en el taller de Viglione, cuando ayudó a preparar el primer Hudson de Riganti, el hombre parecía otro. Entonces hablaba y gesticulaba durante un rato. Los muchachos se aburrían en esos momentos, pero se lo perdonaban, porque pasaban pronto. Gauna simulaba aburrirse, y alguna vez se había preguntado qué había de aburrido en las descripciones de Lambruschini.
Ese día Gauna llegó a la una y buscó al patrón, para pedirle disculpas por el retraso. Lo encontró sentado en cuclillas, tomando un café. Cuando Gauna iba a hablar, Lambruschini le dijo:
