Ira subió al escenario en silencio y Grinévich volvió a dirigirse a su acompañante:

– ¿Qué opinas, Anastasia? ¿Crees que tal vez no debí meterme en esto? Desde que fui estudiante de la Escuela de Teatro tenía este sueño, montar un espectáculo que representase la vida de los perros. Estuve delirando con esta idea, era como una enfermedad. Al final encontré al autor, le convencí para que intentase escribir la obra, luego tuve que suplicarle casi de rodillas que la modificase para adaptarla a mi idea. Después hubo que camelar al director para que accediese a ponerla en escena. Tantos años, tantas fuerzas malgastadas. Y todo para descubrir que los jóvenes actores no saben interpretar lo que se les pide.

– ¿Seguro que no saben? -preguntó con escepticismo Anastasia Kaménskaya, que llevaba observando a los actores con atención desde que había empezado el ensayo-. Comprendo que estés preocupado pero es algo que no se aprende sino que cada uno tiene que llegar a percibirlo a partir de sus propias experiencias. En esto no les pueden ayudar ni el director ni el pedagogo. Hay que enseñarles a desenamorarse de sí mismos, de su físico, de su personalidad, pero no olvides, Guénochka, que esto va contra la naturaleza humana. Si te hubieras molestado en leer algo sobre psicología y psicoanálisis, te habrías enterado de que la completa negación de las virtudes y de la valía propias es síntoma de una mente enferma. Una persona sana y normal debe amarse y respetarse. Sin caer en el egocentrismo, por supuesto, sino dentro de límites razonables. Quieres que fuera del escenario tus actores tengan personalidades con sus lados buenos y complejos pero que nada más salir de los bastidores se despojen de esa armazón interior y se conviertan en el barro que tú puedas moldear a tu antojo. ¿Es esto lo que pretendes? Te sugiero que incluyas en la nómina de la compañía a un psicólogo.



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