– Bueno… a lo mejor… creo que tienes razón -balbuceó Grinévich, que había escuchado a Nastia sin dejar de observar a los actores encima del escenario-. Aunque no estoy seguro de que sea correcto desde el punto de vista del arte dramático. ¡Víctor! ¡Sergadéyev! ¡Ven aquí!

Un joven musculoso, que interpretaba el papel del labrador retriever negro, bajó del escenario, se dejó caer pesadamente sobre una butaca de la primera fila y se secó la cara y el cuello con una toalla.

– ¿Qué pasa, Guen? -dijo jadeando un poco-. ¿He vuelto a hacerlo mal?

– Has vuelto a hacerlo mal. No entiendo por qué no te sale la escena con el caniche cojo. ¿Hay algo que te estorba?

Víctor encogió los poderosos hombros empapados en sudor.

– No lo sé. No acabo de comprenderlo. Yo soy joven y tonto, el caniche es viejo y cojo. Soy inconsciente de que soy más joven y más fuerte, y le persigo por todo el escenario como si fuera mi igual. Pero el caniche tiene su pequeño orgullo y no quiere que se vea lo que le cuesta jugar conmigo. Sólo cuando se derrumba exhausto debo darme cuenta y avergonzarme. Es así, ¿no?

– Así es. ¿Qué te estorba pues? ¿No sabes cómo hacer ver que te da vergüenza?

– No se trata de eso. Simplemente no siento la vergüenza. Oye, Súrik corre por el escenario con tanta ligereza que, cuando se desploma, no sé por qué pero no me da lástima.

Súrik, que interpretaba el papel del caniche viejo y cojo, en realidad era un atleta medio profesional, corría con ligereza y elegancia, y cuando se caía y quedaba inmóvil, daba la impresión de fingimiento y burla.

Grinévich miró a Anastasia con ojos llenos de desesperación.

– ¡Otro que tal! Estamos en las mismas.

Nastia no era actriz, y su actividad profesional no tenía nada que ver con el teatro. Años atrás había vivido en la misma escalera que Guena Grinévich, en el mismo rellano, y desde que el hombre empezó a trabajar en teatro, iba a ver los ensayos con cierta regularidad, tres o cuatro veces al año.



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