En aquel momento, la anciana frunció las cejas, como si algo la desorientara, y dijo:

– ¿Por que llevas ese aro en la nariz, Jeannie?

Jeannie se llevo los dedos al fino aro de plata y esbozo una triste sonrisa.

– Mamá, me perforé la ventana de la nariz cuando era niña. ¿No te acuerdas de que te pusiste hecha una furia? Creí que ibas a echarme a la calle.

– Se me olvidan las cosas -reconoció la mujer.

– Pues yo sí que me acuerdo -intervino Patty-. Pensé que aquello tuyo era la mayor hazaña de todos los tiempos. Claro que yo tenía once años y tu catorce; para mí, todo lo que hacías era audaz, elegante e inteligente.

– Quizá lo fuese -dijo Jeannie con burlona jactancia.

Patty rió entre dientes.

– Lo de la chaqueta naranja seguro que no lo fue.

– ¡Oh, Dios santo, aquella chaqueta! Mamá acabó quemándola después de que durmiese con ella puesta en un edificio abandonado y se me llenara de pulgas.

– De eso me acuerdo -tercio la madre de pronto-. ¡Pulgas! ¡Una hija mía!

Se mostraba indignadísima aún, quince años después.

De repente, la atmósfera se tornó más desenfadada. Aquellas reminiscencias llevaron a la memoria de las tres el recuerdo de lo unidas que habían estado. Era un buen momento para despedirse.

– Será mejor que me vaya -dijo Jeannie, al tiempo que se ponía en pie.

– Yo también tengo que marcharme -se sumo Patty-. He de hacer la cena.

Sin embargo, ninguna de las dos hizo el menor intento de dirigirse a la puerta. Jeannie tuvo la sensación de que abandonaba a su madre, de que la dejaba desamparada en un momento de necesidad. Allí, nadie la apreciaba. Debería contar con una familia que la atendiese. Jeannie y Patty deberían quedarse a su lado, cocinar para ella, plancharle el camisón y ponerle en la tele su programa favorito.



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