
– ¿Cuándo volveréis a visitarme? -quiso saber la madre.
Jeannie titubeó. Deseaba decir: «Mañana te traeré el desayuno y estaré contigo todo el día». Pero eso era imposible: la esperaba una semana tremenda de trabajo. El sentimiento de culpa la anegó. «¿Cómo puedo ser tan cruel?»
Patty la rescató, le echó el cable de:
– Yo vendré mañana y traeré a los críos para que te vean, eso te gustará.
Pero la madre no estaba dispuesta a dejar que Jeannie se marchase tan fácilmente.
– ¿Vendrás tu también, Jeannie?
Jeannie apenas podía hablar.
– Tan pronto como pueda. -Sofocada por la pena que la asfixiaba, se inclinó sobre la cama y besó a su madre-. Te quiero, mamá. Procura tenerlo presente.
En el momento en que estuvieron en el lado exterior de la puerta, Patty rompió a llorar.
Jeannie también estuvo a punto de estallar en lágrimas, pero era la hermana mayor y hacía mucho tiempo que había adoptado la costumbre de dominar sus emociones mientras cuidaba de Patty. Pasó un brazo alrededor de los hombros de su hermana en tanto avanzaban por el aséptico pasillo. Patty no era débil, pero se sometía más a las circunstancias que Jeannie, la cual era combativa, tenaz y lanzada. La madre siempre criticaba a Jeannie y comentaba que, en carácter, debería parecerse más a Patty.
– Me gustaría tenerla en casa conmigo, pero no puedo -se lamentó Patty, apesadumbrada.
Jeannie asintió. Patty estaba casada con un carpintero llamado Zip. Vivían en una casita adosada de dos habitaciones. El segundo dormitorio lo compartían los tres chicos. Davey contaba seis años, Mel cuatro y Tom dos. No había sitio para la abuela.
