– ¿Qué tal tu nuevo trabajo?

– Es emocionante. Se trata de mi gran oportunidad, Patty. Un sinfín de personas leyeron mi artículo sobre la criminalidad y las posibilidades de que se encuentre en nuestros genes.

Publicado el año anterior, mientras ella estaba en la Universidad de Minnesota, el artículo llevaba el nombre del profesor que lo había supervisado encima del de Jeannie, pero el trabajo lo había realizado la muchacha.

– No llegué a determinar si decías que la criminalidad se hereda o no.

– Identifiqué cuatro rasgos que conducen a la conducta criminal: impulsividad, intrepidez, agresividad e hiperactividad. Pero mi teoría consiste en que ciertos sistemas de educación infantil neutralizan esos rasgos y convierten a criminales potenciales en buenos ciudadanos.

– ¿Cómo puedes demostrar una cosa como esa?

– Mediante el estudio de gemelos que se criaron separados. Los gemelos univitelinos tienen el mismo ADN. Y cuando los adoptan al nacer o los separan por algún otro motivo, se educan de manera distinta. Así que hay parejas de gemelos en las que uno de ellos es un delincuente y el otro una persona normal. De forma que analizo la manera en que se educaron y las diferencias existentes entre los comportamientos educativos de los respectivos padres.

– Tu trabajo es realmente importante -dijo Patty.

– Eso creo.

– Tenemos que averiguar por qué hoy en día tantos estadounidenses se vuelven malos.

Jeannie asintió con la cabeza. Eso era, en pocas palabras.

Patty se dirigió a su vehículo, una vieja ranchera Ford, con la parte de atrás llena de trastos de los chicos, chatarra de llamativos colorines: un triciclo, un cochecito de niño plegable, un surtido de raquetas y pelotas y un gran camión de juguete con una rueda rota.

– Dales un besazo a los chicos de mi parte, ¿vale? -dijo Jeannie.

– Gracias. Te llamaré mañana, después de visitar a mamá.

Jeannie sacó las llaves, vaciló, se acercó luego a Patty y le dio un abrazo.



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