
En un semáforo, una rubia al volante de un Porsche descapotable se detuvo junto a él. El conductor del Datsun le dedicó una sonrisa y dijo:
– ¡Bonito coche!
La mujer desvió la mirada, sin decir palabra, pero el hombre creyó vislumbrar un conato de sonrisa en la comisura de la boca femenina. Era harto probable que, tras las enormes gafas de sol, ella le doblase la edad: ocurría así con la mayoría de mujeres que circulaban en Porsche.
– Le echo una carrera hasta el próximo semáforo -desafió el hombre.
La mujer dejó oír el musical cascabeleo de una risa matizada de coquetería un segundo antes de poner la primera con una mano fina y elegante y arrancar como un cohete.
El conductor del Datsun se encogió de hombros. Sólo estaba probando suerte.
Rodó hacia las proximidades del arbolado campus de la Universidad Jones Falls, un colegio mayor miembro de la Ivy League, la liga intercolegial de equipos deportivos universitarios, mucho más pretencioso que el colegio al que había asistido él. Al pasar por delante de la imponente puerta de acceso, se cruzó con un grupo de ocho o diez muchachas que corrían a paso ligero, vestidas con prendas de ejercicio: pantalones cortos muy ceñidos, zapatillas Nike, sudadas camisetas de manga corta y un top encima. Supuso que se trataba de un equipo de hockey sobre hierba en pleno entrenamiento y la imponente moza que iba al frente era sin duda la capitana, que las ponía en forma para la temporada.
