Entraron en el campus y, de súbito, el hombre se sintió agobiado, hundido en la ciénaga de una fantasía tan impetuosa y emocionante que apenas le quedó capacidad visual para conducir. Se las imaginó en el vestuario -la regordeta enjabonándose en la ducha, la pelirroja secándose con la toalla la larga cabellera color cobre, la negra poniéndose unas braguitas de encaje blanco, el marimacho de la capitana mariposeando por allí en cueros vivos, exhibiendo su musculatura en el preciso instante en que sucedía algo que las aterrorizaba. El pánico se apoderó repentinamente de ellas, desorbitaron los ojos y prorrumpieron en histéricos sollozos y chillidos, al borde del ataque de nervios. La gordita fue a parar al suelo y allí se quedó, sumida en desconsolado llanto, mientras las demás la pisaban, distraídas, con un único y desesperado propósito: ocultarse, encontrar la puerta de salida, huir de lo que las empavorecía.

El hombre frenó al borde de la carretera y puso el automóvil en punto muerto. Respiraba entrecortadamente y percibió el martilleo de los latidos del corazón. Aquella era la mejor visión que había tenido jamás. Pero le faltaba un detalle. ¿Qué era lo que asustaba a las chicas? El hombre efectuó un minucioso reconocimiento por los reinos de su fértil imaginación y se sobresaltó al dar con lo que buscaba: fuego. Se había declarado un incendio y las llamas aterraban a las chicas. Tosían y se asfixiaban en medio de la humareda, iban de un lado para otro, medio desnudas y frenéticas.

– ¡Dios mío! -susurró el hombre, con la mirada perdida al frente, mientras veía la escena como una película que se proyectase sobre el parabrisas del Datsun.

Se calmó al cabo de un rato. La fiebre del deseo continuaba alta, pero la fantasía ya no resultaba suficiente: era como la idea de una cerveza cuando la sed le volvía loco. Se levantó los faldones de la camiseta y se secó el sudor de la frente. Se daba perfecta cuenta de que debía olvidarse de aquella quimera y reanudar la marcha; pero era demasiado maravillosa. Llevaba implícita un peligro terrible le condenarían a varios años de cárcel en el caso de que le cogieran-, pero el peligro nunca le impidió hacer lo que se le antojaba en la vida. Trató de resistir la tentación, aunque sólo durante un segundo.



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