– ¡Vaya, ha sido un partido estupendo! -acompañó el elogio con una amplia sonrisa.

Un rápido vistazo permitió a Jeannie evaluarlo. Era el típico cachas: alto y atlético, de cabello rizado, que llevaba muy corto, y bonitos ojos azules. Avanzaba hacia ella manifestando todo el interés del mundo.

Pero Jeannie no estaba de humor.

– Gracias -dijo, cortante.

El galán volvió a sonreír; la suya era una sonrisa tranquila y confiada que venía a decir que casi todas las mujeres a las que se la dedicaba se sentían felices de que él les dirigiera la palabra, al margen de si lo que les dijese merecía o no la pena.

– Verás, yo también juego un poco al tenis, y se me ha ocurrido que…

– Si sólo juegas un poco al tenis, lo más probable es que no estés en mi categoría -le interrumpió Jeannie, y pasó por su lado, desdeñosa.

Oyó que, a su espalda, el chico preguntaba en tono de buen humor:

– ¿Debo entender, pues, que no existe la más remota posibilidad de que disfrutemos de una cena romántica, seguida de una noche de loca pasión?

Jeannie no pudo por menos de sonreír, aunque sólo fuera por la insistencia del chico, y comprendió que había sido más brusca de lo necesario. Volvió la cabeza y habló por encima del hombro, sin detener el paso.

– Ni la más remota, pero gracias por la proposición -dijo.

Abandonó las pistas y se encaminó al vestuario. Se preguntó que estaría haciendo su madre en aquel momento. A aquella hora ya habría cenado: eran las siete y media y en tales instituciones servían temprano las comidas. Seguramente, estaría viendo la tele en el salón. Tal vez habría trabado amistad con alguien, con alguna mujer de su misma edad que soportaría las lagunas de amnesia y mostraría interés por las fotos de sus nietos. Mamá había tenido montones de amigas -compañeras del salón de belleza, algunas clientas, vecinas, personas que conoció durante veinticinco años-, pero era difícil para ellas mantener esa amistad cuando mamá olvidaba continuamente quienes diablos eran.



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