Cuando pasaba por delante del campo de hockey sobre hierba se dio de manos a boca con Lisa Hoxton. Lisa era la primera amiga de verdad que había hecho desde su llegada a Jones Falls un mes antes. Era ayudante en el laboratorio de psicología. Estaba licenciada en ciencias, pero no quería dedicarse a la enseñanza académica. Como Jeannie, procedía de una familia pobre y le intimidaba un poco la Ivy League a la que pertenecía la Jones Falls. Jeannie y Lisa simpatizaron al instante.

– Un chico intentó enrollarse conmigo hace un momento -sonrió Jeannie.

– ¿Qué tal era?

– Se parecía a Brad Pitt, pero más alto.

– ¿Le preguntaste si tenía otro amigo de su edad? -dijo Lisa.

Ella contaba veinticuatro años.

– No. -Jeannie miró por encima del hombro, pero el muchacho no estaba a la vista-. Continúa andando, por si acaso me sigue.

– ¿Tan malo sería?

– Venga ya.

– Jeannie, es el asqueroso del que huyes.

– ¡Cierra el pico!

– Podías haberle dado mi número de teléfono.

– Lo que debí haber hecho es anotarle en un papel tu talla de sujetador, con eso le habría dejado sin habla.

Lisa tenía un busto realmente voluminoso.

La muchacha se detuvo en seco. Durante unos segundos, Jeannie pensó que se había pasado y ofendido a Lisa. Empezó a darle forma mental a una disculpa. Pero Lisa exclamó:

– ¡Qué gran idea! «Uso la treinta y seis D, para más información, llame a este número de teléfono.» Es muy sutil, desde luego.

– No es más que envidia por mi parte, siempre desee tener un buen parachoques -reconoció Jeannie, y ambas se echaron a reír-. Pero es cierto, pedí a Dios que me concediera un tetamen como es debido. Prácticamente fui la última chica de la clase a la que le vino la regla, era de lo mas embarazoso.

– No me digas que te ponías de rodillas junto a la cama y rezabas: Por favor, Dios de mi alma, haz que me crezcan las tetas.



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