
– Quiero intentarlo -murmuró.
Hizo dar media vuelta al coche, franqueó la gran puerta y entró en el campus.
Había estado allí antes. El recinto de la universidad se extendía sobre una superficie de cuarenta hectáreas de espacio de césped, jardines y florestas. La mayoría de sus edificios eran de ladrillo rojo, con algunas construcciones de hormigón y cristal, todos ellos conectados entre sí mediante una maraña de estrechas carreteras flanqueadas por numerosos parquímetros.
El equipo de hockey había desaparecido, pero el automovilista encontró el gimnasio sin dificultad: era un edificio bajo, situado a continuación de una pista de atletismo, y tenía frente a la fachada la estatua de un lanzador de disco. Detuvo el coche ante un parquímetro, pero no introdujo ninguna moneda; nunca lo hacía.
De pie en la escalinata del gimnasio, la musculosa capitana del equipo de hockey hablaba con un tipo con una sudadera desgarrada. El intruso subió las escaleras con paso rápido, dedicó a la capitana una sonrisa al pasar junto a la pareja y atravesó la entrada del edificio.
Hormigueaban por el vestíbulo multitud de jóvenes de ambos sexos, que iban de aquí para allá en pantalón corto, con cinta en la cabeza, la raqueta en la mano, algunos, y la bolsa de deportes colgada del hombro, prácticamente todos. Era indudable que la mayor parte de los equipos de la universidad se entrenaban el domingo.
En medio del vestíbulo, un guardia de seguridad comprobaba desde detrás de su escritorio las tarjetas de los estudiantes; pero en aquel momento un nutrido grupo de corredores pasó por delante del vigilante, unos agitaron la tarjeta, otros se olvidaron de hacerlo y el guardia de seguridad se encogió de hombros y continuo su lectura de La zona muerta.
