
La puerta por donde se entraba al patio central era de dos hojas muy pesadas y se habían ennegrecido con los años. Los invasores chinos no habían podido con ella. Al ver que no conseguían partirla, la emprendieron con los muros interiores. Encima de esa entrada estaba el "despacho" del mayordomo. Podía ver a todos los que entraban y salían. El mayordomo estaba encargado de tomar y despedir a la servidumbre, y de cuidar de que la casa estuviese atendida como era debido. Debajo de su balcón, cuando sonaban las trompetas de los monasterios, se situaban los mendigos de Lhasa para pedir la comida que les sostendría durante las tinieblas de la noche.
Todos los nobles más ilustres atendían a la alimentación de los pobres de su distrito. A veces acudían incluso presos encadenados, ya que en el Tíbet hay pocas cárceles y los condenados vagaban por las calles arrastrando sus cadenas y mendigando comida.
En el Tíbet no se considera a los condenados como seres despreciables.
Comprendemos que la mayoría de nosotros podríamos ser condenados si se nos descubrieran nuestros delitos; así que tratamos razonablemente a los que han sido menos afortunados.
En dos habitaciones situadas a la derecha de la del mayordomo vivían dos monjes. Estos eran nuestros monjes domésticos, que rezaban diariamente para que la divinidad aprobase nuestras actividades. Los nobles de menos importancia disponían de un solo monje, pero nuestra posición requería dos. Antes de cualquier acontecimiento notable, estos sacerdotes eran consultados y se les pedía que impetrasen el favor de los dioses con sus plegarias. Cada tres años regresaban los monjes a sus lamaserías y eran sustituidos por otros.
En cada ala de nuestra casa había una capilla. Las lámparas, alimentadas con manteca, ardían sin cesar ante el altar de madera labrada. Los siete cuencos de agua sagrada eran limpiados y vueltos a llenar varias veces al día. Tenían que estar limpios, pues pudiera apetecérseles a los dioses ir a beber en ellos. Los sacerdotes estaban bien alimentados, ya que comían lo mismo que la familia, para poder rezar mejor y decirles a los dioses que nuestra comida era buena.
