
– No, quédate. Tengo un trabajo para ti.
Balkir respiró tranquilo.
– ¿Otro ataque a los barcos francos? Un placer. Os traje mucho oro de mi último viaje. Les traeré incluso más esta…
– Silencio. Deseo que vuelvas a Escocia, donde dejaste a Kadar Ben Arnaud y a los extranjeros. No le dirás nada de lo que ha ocurrido aquí. No me menciones. Dile solamente que Sinan quiere cobrarse lo suyo. Tráelo a mi presencia.
Los ojos de Balkir se abrieron como platos.
– ¿Sinan? Pero Sinan está…
– ¿Me estás cuestionando?
– No, nunca señor. -Balkir se humedeció los labios-. ¿Y si se niega?
Nasim percibió que Balkir estaba aterrorizado, y no precisamente ante la posibilidad a fallarle. Nasim había olvidado que Balkir estaba en la fortaleza en la época en que Kadar hizo su entrenamiento; Balkir sabía lo experto que era Kadar en todas las artes oscuras. Más hábil que cualquier otro nombre que Nasim hubiera conocido jamás, y Kadar era solo un niño de catorce años cuando vino a la montaña. ¡Qué orgulloso de él había estado Sinan! ¡Cuántos planes había hecho para ambos! Nunca hubiera imaginado que Nasim tenía sus propios planes para Kadar.
Todo se echó a perder cuando Kadar abandonó el camino oscuro y rechazó a Sinan para vivir con los extranjeros.
Qué necio había sido el Anciano dejándolo marchar.
Pero no era demasiado tarde. Lo que Sinan había perdido, Nasim podría recuperarlo. Si Kadar no moría como otros habían muerto.
Bien, si elegía morir, peor para él. Kadar era solo un hombre; lo único que de verdad importaba era el poder.
– No rehusará -dijo Nasim-. Le dio su palabra a Sinan a cambio de las vidas de los extranjeros.
– ¿Y si se niega?
– ¿Estás dudando de mí? -replicó Nasim con una suavidad peligrosa.
Balkir palideció.
– No, señor. Por supuesto que no se negará. No si decís que no lo hará. Yo solo…
