
El aire fresco no hizo nada por refrescarlo, aunque bien sabe Dios que lo necesitaba. Seguramente no pegaría un ojo esa noche. Le estaba bien empleado. Siempre había creído que los mártires merecían su destino, y él estaba siendo repugnantemente noble.
– ¿Lord Kadar?
Se dio la vuelta y vio al joven Haroun, el paje de Ware, corriendo hacia él.
– ¿Qué ocurre?
– Acaba de atracar un barco en el puerto.
Se puso tenso.
– ¿Nuestro puerto?
– No, el puerto de Dalkeith, donde desembarcamos la primera vez cuando vinimos a estas tierras, Robert lo ha avistado y cabalgó para alertarnos.
Ya había llegado. Siempre temió que los Templarios se enterasen de que Ware no estaba muerto y lo persiguieran.
– ¿Solamente un barco?
Haroun asintió. Solamente un barco, podría ser peor.
El castillo estaba fortificado y Ware había mantenido a sus hombres de batalla preparados.
– ¿Dijo Robert quién capitaneaba el barco?
– Alí Balkir. -Haroun se humedeció los labios-, Es el Estrella oscura, lord Kadar. El barco que nos trajo aquí.
Sinan.
Kadar sintió cómo se apoderaba de él ese escalofrío tan conocido. En algunas ocasiones había llegado a olvidar a Sinan. No, eso no era verdad. Había enterrado su memoria, pero el Anciano era como un río subterráneo, siempre presente, un eterno peligro. Dirigente de una banda de asesinos cuya habilidad y poder había intimidado incluso al mismísimo Saladino, era imposible deshacerse de Sinan tan fácilmente.
– El capitán ha enviado un mensaje. Desea que vayáis a reuniros con él.
Era lo que se imaginaba. Asintió.
– Iré inmediatamente. Ensilla mi caballo.
– ¿Queréis que os acompañe?
El chico tenía miedo. Y no era para menos. Balkir era la mano derecha de Sinan, y toda la cristiandad temía al Anciano de la Montaña.
– No, iré solo.
